lunes, enero 11, 2016

Vuelve Coldplay

Luego de muchos rumores, se confirmó que la banda se presentará el 31 de marzo en el Estadio Único de La Plata.

Después de haber cancelado su tour latinoamericano en 2013, vuelven finalmente a nuestro país seis años después de su último show en el estadio de River Plate en el año 2010. Presentarán su nuevo trabajo titulado A Head Full of Dreams.

Entradas:
Se venderán por Ticketek 
Preventa exclusiva para Banco Patagonia a partir del 26/11 
Venta general a partir del 30/11 a partir de las 12 pm


viernes, julio 04, 2008

la vida es un circulo?

a veces me pregunto como la mayoria de las veces siempre parece q llegamos al mismo lugar, o al mismo punto de nuestra vida.
será la vida un circulo? quizás si, pero uno de esos circulos q son mentirosos, de esos q se dibujan en un pedazo de la hoja sobre otra, y q cuando levantas el pedazo de hoja q está encima, te das cuenta q ese circulo no cierra, y q aunque nos parezca q siempre terminamos igual, o q siempre nos pasa lo mismo, en realidad solo es un camino de ida.

domingo, junio 29, 2008

hoy me decidi a soñar.

hoy me decidi a soñar, al menos algo q no me queme tanto la cabeza. dejo sonando la musica de amelie, pq se q me lleva a lugares oscuros de mi mente q no suelo frecuentar.
tengo la vista fija en la calle, donde los autos no pasan. se me pierde la mirada en un mar de luces. me gusta la noche.
y otro dia pasa.
en 30 segundos la canción va a terminar. apagaré las luces, y me iré a dormir.
mañana cuando despierte, todo será igual.

desesperanza.

no me gusta acostarme sabiendo q mañana cuando despierte nada habrá cambiado.

jueves, junio 26, 2008

de comidas.

me gusta desayunar la pizza fria de la noche anterior.
me gusta comer algun tic tac de naranja de vez en cuando.
me gusta lo q sobra del postre de chocolate al cocinarse.

no me gusta comer un alfajor si no estuvo en la heladera antes.
no me gusta morder los gajos de la mandarina.
no me gusta como se me engrasan los dedos despues de comer papitas.

yrigoyen, otra vez.

Tranquilo... despertá, respirá.
Abro los ojos, encandilados, del brillo del sol por la mañana, que se cuela por entre las ventanas de un tren abarrotado de gente. ¿Es esto morir? Me encuentro sentado. A mi lado un señor de traje lee el matutino. En frente, dos viejitos conversan sin hablar. Dolor en el cuello, en la espalda, en el resto del cuerpo. Reconozco el paisaje. Inmensidad...
Alzo la vista. El murmullo lejano pero constante, no da lugar a palabras. No me animo a preguntar ni mucho menos pretendo saber. ¿Dónde estoy? De repente, el tren que a su apurada marcha viajaba en dirección desconocida, comienza a desacelerar su paso, con intenciones de detenerse. El esfuerzo es mínimo; lo logra. Las puertas se abren de par en par. Las almas desesperadas del exterior, se apabullan en el intento de colarse en los huecos que las almas del interior dejan. Pocos lo alcanzan.
Solo me limito a observar. Afuera, un cartel: “Avellaneda”. Suena por lo lejos un silbato. El sonido se pierde entre los gritos. La desesperación es mucha. Las puertas se cierran. El caos queda en el olvido y afuera, las almas excluidas me observan y se retuercen. Estremece el sonido del tren acelerando. La película vuelve a correr. Todo vuelve a la normalidad.
Supongo que entonces es tiempo de preguntar. Giro mi cabeza, y solas las palabras encuentran destino: “¿La próxima señor?”. El hombre de traje baja el periódico. Me mira. “Yrigoyen” dice, sin hablar. De pronto me ubico. Solo dos estaciones me separan de mi destino. Algo distante aún, pero cercano si se quiere.
Miro a través de la ventana. El cielo está casi nublado. Se filtran por entre las nubes, unos pocos rayos de sol que intentan penetrar mi retina. El brillo me lastima. Un poco de frío, nada normal. Pasan unos minutos, y el tren comienza a desacelerar su curso nuevamente.
Llegamos. Se abren las puertas. Ningún alma espera afuera. Nadie baja. Se produce un silencio que corta con el bullicio; se hace presente de una manera sumamente inquietante. El andén está completamente vacío. El cartel de Yrigoyen es símbolo de soledad absoluta. Suena el silbato. Las puertas se cierran, y entonces me relajo. Cierro los ojos. Poco a poco, el sonido del tren en marcha comienza a alejarse. Poco a poco, el murmullo se apaga. Reina en mí una paz interior indescriptible.
Tranquilo... despertá, respirá.
Abro los ojos, encandilados. A mi lado el mismo señor de traje aún lee el matutino. El tren comienza a frenar. De golpe, el cartel de Yrigoyen se hace presente. Me sorprende. Miro con extrañes, y estamos arribando a la estación. Llegamos. ¿Yrigoyen otra vez? Las puertas se abren. Nadie sube, nadie baja. Aún sin entender, solo me limito a observar. Suena un silbato. El tren retoma nuevamente su curso.
Procuro entonces esta vez no dormirme. No me animaba a interrogar sobre lo que acabó de suceder. Refriego mis ojos y me es imposible comprenderlo. Afuera el mismo brillo del sol por la mañana. Seguimos, adelante. Pasan unos minutos, y el tren comienza nuevamente a frenarse. Llegamos… pero ¿Yrigoyen otra vez? Me exalté. Las puertas se abren. Nadie sube, nadie baja. ¿Cómo puede ser?
Miro al señor de traje que sigue leyendo su matutino como si nada sucediera. “¿La próxima señor?”. El hombre de traje baja el periódico. Me mira. “Yrigoyen” dice, sin hablar. Pero estamos en Yrigoyen. Acabamos de pasar por Yrigoyen. Otra vez. El señor vuelve a su lectura, yo permanezco inmóvil. El silbato suena de nuevo. El tren arranca.
No dejo de mirar al cartel de Yrigoyen alejarse. Vuelvo mi mirada sobre la gente, que ahora es más que antes en cantidad. El murmullo continúa. Nadie se ha percatado de lo sucedido, nadie lo ha notado. Me tranquilizo. No puede ser real lo que acaba de acontecer. Pasan los minutos. El tren continúa su desplazamiento. De repente, comienza nuevamente a frenar. Por fin, llegamos… ¡No! ¡No llegamos! ¡No puede ser! El tren se detiene. El cartel de Yrigoyen yace a mi lado, presente, inmóvil. Me atemoriza. Las puertas se abren. Nadie sube, nadie baja. Seguro que ahora suena el silbato. Nadie hace nada, no puede ser.
Me levanto impulsivamente. Atropellando a quien tengo adelante, salgo por la puerta. A lo lejos veo al guarda. Suena el silbato. Las puertas se cierran. El tren se va. Las almas del interior me miran inquietadas por mi reciente actitud imprudente e impulsiva. Yo, quedo solitario en el andén y observo al tren marcharse.
Camino. Solo, muy solo. Me dirijo hacia un banco y me siento. El silencio es absoluto. ¿Yrigoyen? El cartel yace a mi lado, presente, inmóvil. No puedo siquiera mirarlo. El corazón me late como si se partiera en mil pedazos. Nunca había bajado en esta estación. Me extraña. Siento como si la hubiera conocido de toda la vida.
Me incorporo. Camino hacia uno de los extremos del andén. Observo, mudo, no emito sonido alguno. Camino hacia el otro extremo. Observo hasta el más mínimo detalle. Nada raro, nada inusual. Pasan varios minutos, largos, largos minutos. Qué lento que pasa el tiempo.
De repente, a lo lejos veo venir un tren. Su apresurada marcha disminuye a medida que se acerca. Me tranquilizo. Frena. Las puertas se abren. Nadie sube, nadie baja. No, yo subo. Me cuelo en los huecos que las almas del interior dejan. Logro alcanzar un asiento que misteriosamente se encontraba vacío. Suena el silbato. Las puertas se cierran. No puedo dejar de mirar por la ventana, temeroso, el inquietante cartel de Yrigoyen que se aleja a medida que el tren avanza.
Me relajo. ¿Habrá sido solamente un sueño? ¿Un espejismo? Miro a mi lado, una cara se esconde tras un periódico. En frente, dos viejitos conversan sin hablar. “¿La próxima señor?”. El hombre baja el periódico. Me mira. “Yrigoyen” dice. Me inquieto. Empiezo a gritar. Algo raro le sucede a mi voz. No tengo voz. Grito, pero no hay sonido alguno. La gente a mí alrededor no se altera, no me escucha. Sin embargo yo pido a gritos que me dejen salir.
Llegamos a la estación. El cartel de Yrigoyen, otra vez. Las puertas se abren. Intento salir, intento bajar, pero no puedo; no puedo ni levantarme del lugar donde estoy sentado. Mis piernas no reaccionan, mi cuerpo no reacciona. Quiero moverme, lo intento, pero no puedo. Una vez más el dolor vuelve, en el cuello, en la espalda, en el resto del cuerpo; como vuelvo siempre al mismo lugar, al mismo momento, donde todo comienza, donde todo termina.
Tranquilo... despertá, respirá.
Abro los ojos, encandilados. ¿Es esto morir?


Escrito por Roberto Santamaria.

miércoles, junio 25, 2008

secreto.

el secreto de esta vida es q todos mentimos relativamente bien.